Por
Carolina De Leo
Resulta que él parecía un buen tipo, él, el tipo era lindo, lindo
tipo y tuvo otras ellas. Serio y elegante, de esos que imponen el
respeto de un señor, muy caballero y generoso, dando de más,
dejando propinas.
Él contaba con cierta comicidad, repetía insistente chistes con esa ingenuidad que lo hacía parecer un niño de a ratos, les daba risa a todos la gracia de un señor que dejaba de serlo sin pudor y de repente, hasta generaba cierta ternura. Él tuvo siempre las manos impecables como las de un cirujano. Él, antes, espiaba por la mirilla varias veces al mismo tiempo que giraba la llave para cerrar la puerta de madera y abrir el corazón. Él constataba que no hubiese nadie debajo de la cama antes de acostarse. Después esas costumbres las fue perdiendo y adquirió otras con una ella. Él consideraba prepotente que una ella pidiera un submarino en vez de un cortado y no aceptaba que a alguien pudiese gustarle el queso crema. Él no admitía que se pudiera comer mandarina por no soportar el olor que deja en el ambiente. Y la cama, las miguitas en la cama le molestaban. A él le gustaban los objetivos y los objetos, de colección y coleccionar: libros, revistas, antigüedades y novedades. Orden y progreso. Cada cosa siempre en su lugar, el mismo lugar. Después con una ella pareció no ver a los fantasmas ni arriba ni abajo, dejó la taza de leche y tomó mate hasta en la cama, y soñó, abrazó más seguido, descansó en los abrazos. Tocó el cielo, y la electricidad recorrió a su cuerpo cada vez en ese instante, esa energía invisible, continua, imprescindible que permite seguir. Una ella perdona pero no olvida, y eso es imperdonable. Él siempre más, siempre quería más. Y entonces autos largos, más largos, hasta un falcón quiso él y sin animarse, por razones obvias, a decir que le hubiese gustado verde. Que se lo miren, largo, cerquita del propio ombligo. Un día una ella despistada, olvidadiza y desordenada descubrió que podía ser insoportablemente pulcra a sus ojos. Volvieron los fantasmas cuando una ella también quiso un poquito más.
Él contaba con cierta comicidad, repetía insistente chistes con esa ingenuidad que lo hacía parecer un niño de a ratos, les daba risa a todos la gracia de un señor que dejaba de serlo sin pudor y de repente, hasta generaba cierta ternura. Él tuvo siempre las manos impecables como las de un cirujano. Él, antes, espiaba por la mirilla varias veces al mismo tiempo que giraba la llave para cerrar la puerta de madera y abrir el corazón. Él constataba que no hubiese nadie debajo de la cama antes de acostarse. Después esas costumbres las fue perdiendo y adquirió otras con una ella. Él consideraba prepotente que una ella pidiera un submarino en vez de un cortado y no aceptaba que a alguien pudiese gustarle el queso crema. Él no admitía que se pudiera comer mandarina por no soportar el olor que deja en el ambiente. Y la cama, las miguitas en la cama le molestaban. A él le gustaban los objetivos y los objetos, de colección y coleccionar: libros, revistas, antigüedades y novedades. Orden y progreso. Cada cosa siempre en su lugar, el mismo lugar. Después con una ella pareció no ver a los fantasmas ni arriba ni abajo, dejó la taza de leche y tomó mate hasta en la cama, y soñó, abrazó más seguido, descansó en los abrazos. Tocó el cielo, y la electricidad recorrió a su cuerpo cada vez en ese instante, esa energía invisible, continua, imprescindible que permite seguir. Una ella perdona pero no olvida, y eso es imperdonable. Él siempre más, siempre quería más. Y entonces autos largos, más largos, hasta un falcón quiso él y sin animarse, por razones obvias, a decir que le hubiese gustado verde. Que se lo miren, largo, cerquita del propio ombligo. Un día una ella despistada, olvidadiza y desordenada descubrió que podía ser insoportablemente pulcra a sus ojos. Volvieron los fantasmas cuando una ella también quiso un poquito más.
Una vez él pidió flexibilidad y una ella ya no pudo. Él pidió
silencio y ella gritó. ─¡Flexibilidad,
por favor!─ dijo él. Y
ni los músculos del ano lo son, ni los huesos del cráneo lo son.
Hubo un corte de tensión, ya fue imposible lidiar con la impotencia.
Entonces, junto con la reaparición de los fantasmas, había venido
otra ella, herida, lenta, suave, hablando poco, sólo lo justo. Otra
ella era una chica de pueblo, caminaba despacito, con la paciencia de
una arañita que teje y atrapa. Lo atrapó a él que cayó en la
trampa. Otra ella era una culo roto, porque eso también puede
sucederle a las chicas más blanquitas del pueblo, con la piel y las
manos de apariencia transparente.
Unas ellas le apostamos a otra ella, todas ellas juntas en otra ella,
sororidad le decimos ahora, ante lo que pasó siempre y algún día
va a dejar de pasar.
Otra ella pudo hacer justicia por mano propia por las unas ellas
anteriores. Y para una ella otro él, para otra ella otro él, unas
ellas, ellas, otros ellos.
Se electrocutó esta vez y tocó el infierno porque ya no había
lugar en el purgatorio y como a él le gustaba, cada cosita debía
estar en su lugar.
Otra ella usó sin ley la tensión que dio corte.
Él recibió de más, pagó de más, se quedó sin el vuelto pero
recibió una buena propina. Otra ella pícara usó la picana, por
atrás, como correspondía. La única macana fue que otra ella y él
se quedaron con las manos sucias, negras carbón, una lástima.
(*) Imagen: “Muchas
ellas, pocos ellos”. Obra de Olga Blinder (1997)